La Muela de Castronuño: una experiencia nocturna

La Muela
15 February, 2026

La Muela de Castronuño: una experiencia nocturna 

Un paseo nocturno desde Beautiful Alamedas hasta la reserva natural de Castronuño

Hay algo especial en los días de invierno cuando todo está nublado, el cielo es plomizo y el viento sopla con fuerza.

Fue anoche cuando pasó. Serían las ocho de la tarde. Ya era de noche. Salí de mi casa (que es donde está, además, la pequeña librería) y me fui a la casa rural a bajar las persianas y cerrar las puertas. Al salir de Beautiful Alamedas, estuve a punto de volver a Al-Kauthar, pero di un volantazo y fui hasta el parque de la Muela.

Dejé el coche al final de la calle Ronda (la calle Ronda es donde está el portón trasero de la casa). El final de la calle Ronda coincide con el inicio de la vista panorámica de la reserva natural de Castronuño. Hay un muro bajo de piedras que, un poco más adelante, desciende levemente, deja a la derecha una pastelería y desemboca en la calle que da inicio a la Senda de los Almendros y al mirador de La Muela.

Era ya muy de noche. A no pocos vecinos de Castronuño les encanta caminar por la Muela antes de cenar, pero ya era tarde. Estaba yo sola.

La Muela de Castronuño: una experiencia nocturna

El viento me daba en la cara y el pelo se me iba hacia atrás. Las gotas me punzaban en la piel del rostro y, a lo lejos, veía a lo las luces de la presa de San José envueltas en una neblina. El río se intuía entre medias de la jungla y el carrizal.

Los pinos del paseo de La Muela parecían más grandes y las casas que hay en esa zona se veían iluminadas como en un decorado.

No me podía ir de allí. Había pensado que sólo me quedaría unos minutos, pero no podía dejar el lugar.

Había algo que me hablaba, que me hacía sentir poderosa. Era una presencia sagrada que me daba fuerza, claridad y certeza interior. Y una convicción profunda de que todo tenía sentido y dirección. Una lucidez intensa. Una revelación. Era la divinidad manifestándose, de nuevo, en este paseo de La Muela, en esta Naturaleza, hablándome, fortaleciéndome, y confirmándome quién soy y qué hago.

Era la misma presencia viva de la divinidad del primer capítulo de El Dios de las Praderas Verdes cuando describí la reserva natural de Castronuño como una teofanía a ojos de la niña Victoria, la protagonista y mi alter ego. Cuando lo escribí recordaba cuando, en los veranos, bajaba en bicicleta por la carretera sinuosa hacia Toro y la presa de San José con mi hermano Esteban (Salvador en el libro). No podía haber mayor felicidad al contemplar aquella Naturaleza donde yo, siendo niña, veía allí a Dios.

Cincuenta años después esa divinidad y ese mundo angelical me sigue acompañando, protegiendo y fortaleciendo para seguir creando y ayudar a otros más vulnerables.

Casa rural de autor
Castronuño
Reserva natural de Castronuño