La reserva natural de Castronuño se declaró Espacio Natural Protegido en 1.992.
El embalse ha dado lugar a una de las zonas húmedas más importantes de la Comunidad de Castilla y León. Al día de hoy, es un auténtico santuario para la fauna salvaje.
La construcción del embalse de San José ha formado una importante superficie de carrizal en la margen derecha del río Duero con numerosas lagunas dispersas.
Numerosas especies de aves acuáticas encuentran en este espacio uno de los últimos refugios donde poder descansar durante las migraciones, pasar los meses invernales y, lo más importante, llevar a cabo la reproducción.
La presencia de varias especies nidificantes de aves amenazadas, como es el caso de la garza imperial, el aguilucho lagunero y el martinete incrementa aún más el valor que encierra este paraje.
Belleza y exuberancia es lo único con lo que os váis a encontrar.
"EL DIOS DE LAS PRADERAS VERDES" - NOVELA - MARÍA JOSÉ CELEMÍN
"Tras la vegetación de ribera, plagada de chopos y álamos blancos donde los martinetes crían y las garzas reales forman sus ruidosas colonias, una enorme y fértil vega con cultivos de regadío se extiende hasta los pies de una gran duna. Una duna que el río, a lo largo de millones de años, ha ido formando al depositar sus sedimentos. Está cubierta de encinas, como un pelo corto de rizos verdes. También hay aromáticos cantuesos, parecidos a la lavanda, de vellosas y alargadas hojas y flores violeta; fragantes tomillos de leñosos tallos; retamas de pequeñas amarillas hojas que alcanzan los dos metros de altura; escobizos de blancas y redondas hojas con la forma de un copo de nieve visto al microscopio; botoneras y espesos matorrales de jaras. No es una duna móvil, como las del desierto; está fosilizada porque las encinas, como las garras de las rapaces, se han aferrado a sus entrañas dejándola paralizada. Es lo último que la vista alcanza, desde la ermita del pueblo y desde el parque de El Dorado. La inerte duna marca el límite del horizonte recortando el cielo. Tiene la forma de un sombrero. Se parece al dibujo número dos de “El Principito”. El que esconde un elefante en la tripa de una boa. A veces las cosas no son lo que parecen. Y al revés.
Y lo mismo pasa con las personas.
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El carrizal, impenetrable, con eneas de tallos sumergidos en el agua y espigas cilíndricas y alargadas; marrones y esponjosas y juncos plumosos y blancos, jalona las orillas. Allí anidan zancudas garzas imperiales; pajarracos de sinuosos cuellos y puntiagudos picos con los que comen ranas y serpientes. Chillidos espantosos rasgan la penumbra del día muerto.
En el descenso de la carretera serpenteante decenas de huertas se ocultan en una enmarañada y frondosa espesura; arroyuelos que las riegan, y miles de fresnos de hojas caedizas, estrechas y alargadas, parecidas a los helechos; sauces blancos de hojas como lanzas de tribus lejanas, blanquecinas por el envés y ramas extendidas. Todos proporcionan fabulosas sombras; trepadoras y lianas… una jungla en la meseta; clemátides purpúreas con flores de ocho pétalos; lustrosas hiedras que cubren los troncos de los chopos por completo con las hojas acorazonadas; y lúpulos de flores verdes con la forma de una pequeña piña de un pino piñonero.
La carretera desciende y pronuncia sus formas sinuosas como una serpiente convulsa y, en el punto más bajo, la arboleda se hace más espesa, exuberante y umbría y se forma un lugar que, por lo pintoresco, parece poseer cierta magia. Y, a partir de ahí, se hace llana y recta. A un lado, acompañada del de miles de chopos gigantes y alisos; higueras y zarzas; rosales silvestres, sauces, cerezos y ciruelos asilvestrados; olmos y álamos; chopos negros y blancos de acorazonadas hojuelas de envés plateado que brillan al sol como alegres y centelleantes campanillas. Y, al otro, una gran montaña cortada que llega hasta la Presa de San José. Un enrevesado follaje cubre el corte de la montaña y pinares de pinos piñoneros se extienden en su parte alta. Los rayos del sol, a esas horas, se filtran entre la exótica selva dibujando sombras y claroscuros en el asfalto. Y, a la altura de un puente hecho con cemento y pintado de blanco, antes de llegar a la presa, la fronda se desvanece y el sol refleja su rostro orante sobre el embalse. La luminosidad es tan deslumbrante que es necesario cubrirse los ojos con una mano. Hay destellos. Son pequeñas llamas vivas. Golpes de sol y luz de amor en el agua. Y la superficie centellea. Y también lo hace por la tarde y a la última hora del día, y el carrizal que nace en el agua se ve, desde la carretera, como una alfombra de primera calidad; tupida, gruesa y alta; es verde, de un verde pradera; verde que se yergue delante de los chopos recortados en el azul del cielo. Verde verde. Verde matizado. Verde pastel. Como si lo hubiese pintado la mano de un artista sin ser posible que la Naturaleza, por sí sola, fuera capaz de conseguir semejante estampa. Y las ranas croan. Miles de ellas, apostadas entre juncos y eneas. A la puesta de sol empieza un concierto de anfibios y grillos. Y, cuando la luz solar desaparece, entonces, los colores se pueden ver con su verdadera intensidad, sin que los rayos del sol se reflejen en ellos y les roben protagonismo. Y, después, esos tonos se van oscureciendo tan discretamente como lo hace el sol al salir detrás de la colina en la finca de los manzanos. Despacio, con calma, poco a poco; se toma el tiempo suficiente; llega, sin prisa pero sin pausa,… pero… siempre llega. Y también la oscuridad avanza con discreción, cubriendo el verde intenso de carrizos, el azul del cielo y el color tormenta del agua. Y, cuando todo es negrura, las luces del puente brillan y se ven desde el alto en el pueblo. Son luces amarillas y se reflejan en el río. Hay dos presas y dos puentes. Una con la cabeza hacia abajo y otra que mira hacia arriba. Y, unos kilómetros más allá, Graciosa Jerusalem crepita. Y, desde el puente de la presa, se ve dorada y flamante, como un buque insignia, la ermita de El Alto.
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Era, entonces, por las mañanas, en la orilla de enfrente, cuando los chopos y los álamos se reflejan en el agua y una leve brisa recorre la superficie. Cuando los chopos y los álamos se reflejan en el agua y una leve brisa recorre la suoerficie. Cuando
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Pararon en la presa de San José. Justo en la encrucijada que lleva a Graciosa Jerusalem, siguiendo por la carretera de El Ato y pararon frente al cartel blanco que indica con letras negras que «a Recesvinto hay diez kilómetros». Junto al cartel hay una glorieta con una palmera y otros arbustos y, frente a la glorieta y al otro lado de la carretera de Graciosa Jerusalem, algunos edificios de paredes blancas y puertas azules pertenecientes a la presa, un arriate de bonitas rosas rojas y blancas rodeado por un seto de un vivo verde, y una fuente que, por aquel entonces, estaba controlada sanitariamente. Todo aquello se había construido junto al corte de la montaña y la propia fuente se había adosado a la pared de la misma. Una pared que seguía cubierta de lianas, trepadoras y pequeñas y amorosas hojuelas que la revestían casi por completo.
Apoyaron las bicicletas junto al edificio colindante al parterre y, sedientos, bebieron. Algunas golondrinas habían hecho sus nidos en las cornisas del edificio mayor y revoloteaban. Pasaron unos pescadores que se dirigían a los puestos del margen que cae al lado de la reserva, la que está frente a El Alto. A veces Salvador iba a pescar. Pescaba carpas y barbos y, luego, Adela los cocinaba y decía que "no había cristiano que lo comiera porque estaban llenos de espinas y sabían a río".
La valla del puente era azul. Generalmente las compuertas de la presa estaban abiertas y, antes de reemprender el rumbo a Recesvinto, paraban y se apoyaban en ella para mojarse con los millones de refrescantes y diminutas gotas. Cuando ya se habían empapado era, entonces, cuando se marchaban.
Salvador, al que Victoria llamaba "Cosa Bonita", salió con los brazos en alto, las manos colgando y los morritos chorreantes después de beber. Se había empapado la camiseta; el agua le escurría por las piernas y se metía entre los calcetines humedeciendo las deportivas. "Mira que le gusta lodarse". Repetía Adela, cuando le veía buscar en la tierra embarrada lombrices para pescar y hundía las manitas en ella recreándose en aquel lodazal.
- Victorita….
- ¿Qué?
Respondieron las dos coletas colgadas del chorro. Parecía que no bebía agua hacía días. Abría la boca todo lo que podía aunque el grifo de cobre dejaba un sabor a metal.
“Cosa Bonita” se quedó mirando fijamente a la pared, con los morritos en pompa y los ojos puestos en la cal blanca del edificio.
- Que ayer por la noche no fuiste a darme mimos.... ya no me quieres...
Victoria se pasó el brazo por la barbilla encharcada y se puso en jarras. Luego se sentó en uno de los adoquines que rodeaba el arriate de flores y se ató de nuevo el cordón de la zapatilla. Entonces puso una voz amorosa.
- Cosa Bonita, tú eres mi hermanito y yo te amo...
Entonces se levantó, le abrazó por el cuello y aplastó sus labios en el espléndido moflete de su hermano de piel angelical. Le dio un mordisco.
- ¡Ay! ¡Quita!
Aprovechaba cualquier ocasión para hincar el diente a aquellos mofletes de bizcocho.
El pequeño se concentraba en llegar hasta la dehesa de toros bravos que hay cerca de Recesvinto. Y, cuando la atravesaban, y los toros, a distancia de un medio kilómetro, se les quedaban mirando.
- ¡Pedalea! ¡Vamos! ¡Pedalea! ¡No te quedes mirando!
Los dos aumentaban la velocidad y encogían la cabeza entre los hombros. Después de pasar y dejar atrás cientos de cuernos escrutándoles, él echaba la vista atrás con una sonrisa de comediante.
- ¡¡Te has ciscado!!
Llegaban hasta Recesvinto y, a la vuelta, paraban en el regadío. Salvador se metía entre las tierras de alfalfa para ver salir alguna perdiz y Victoria lo seguía en absoluto silencio. "De mayor (quería decir, cuando cumpliera dieciséis) quiero ser cazador". Decía. Y, después, acampaban a la sombra de alguna encina apostada a la vera del camino y se comían la vuelta de chorizo. Raras veces llevaban pan y casi siempre olvidaban las servilletas. Se limpiaban con algunas hojas de arbustos y en los manillares dejaban lo que las hojas no habían podido quitar.
De regreso, Victoria contemplaba el regadío: la alfalfa de un verde intenso; los girasoles de cabezas perfectas engalanadas como hawaianas de vistosos y floridos collares; los maizales y la cimbreante calima que el sol meridiano vertía sobre ellos. Como la danza de un hada.
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"Dejémosle dormir en la habitación de Isidro. Le había suplicado Victoria a Teresa al salir de misa". A El Alto, aquel verano había llegado un indigente y había dormido al raso en el parque de «El Dorado». Había sido la comidilla del pueblo.
De niña pensaba que, al nacer, también lo hacía el mundo y que, cuando fuese mayor ya habrían conseguido, entre todos, que el hambre y las guerras desapareciesen…Era una cosa tan sencilla…"
El Dios de las Praderas Verdes (capítulo primero, primera parte)