Se conocen los asentamientos prerromanos de los pueblos celtíberos, especialmente de los vacceos, que lo hicieron a lo largo de la vega del Duero. Empezó a repoblarse hacia el año 1.000 d.C.
Fue conocida la quema del pequeño reducto de luteranos en 1.543 a la que asistió Carlos V para “dar un escarmiento ejemplar”. Miguel Delibes lo relata de forma magistral en su última novela “El Hereje”.
A partir del siglo XI, Valladolid comienza a decaer y no vuelve a recuperarse. Pudo encontrar algún tiempo de esplendor durante ese siglo en el que se comerció con la lana. Es bien conocido el perjuicio que las grandes sagas familiares del s. XIX en el período de la Restauración causaron a la ciudad aumentando sus patrimonios y paralizando la economía de los vallisoletanos, considerándoles como una masa indocta a la que debían tutelar. Estas familias se han solapado a lo largo del tiempo y siguen permaneciendo en el poder. De ahí que la ciudad siga sin tener una identidad propia.
De cualquier forma, yo les haré un recorrido por los sitios que conozco y que merecen la pena:
LA PASTELERÍA “CUBERO”.
Cubero ha destacado por su buen hacer. La pastelería está al lado de la Plaza Mayor y es mi salón de té preferido. Tienen un servicio excepcional, los camareros son los de siempre y muy atentos. Podéis degustar las deliciosas bambas de nata y chocolate, los empiñonados, que son típicos de esta zona, blasones, amarguillos, rosquillas de palo, pasteles de chocolate y moka. Y, mientras os bebéis un riquísimo chocolate, podéis visitar el museo del dulce que el señor Cubero llevó a acabo a lo largo de su vida. Os quedaréis atónitos viendo los palacios y las catedrales que, a escala de maqueta, hizo con azúcar. Copias exactas con una meticulosidad que no se puede concebir hasta que no se comprueba allí mismo: el mismo arbotante en el mismo lugar; pequeñas ojivas; rosetones en miniatura; gárgolas y leones; columnas.
CASCO ANTIGUO
También y al lado de la Plaza Mayor podréis degustar las maravillas de la gastronomía vallisoletana. Hay un palacio renacentista que me gusta espacialmente y que me encanta por su ubicación, ya que está en una estrecha calle empedrada que crea un particular ambiente. Es el “Caballo de Troya”, construido en el siglo XV, que sirvió de posada y que tiene una particular arquitectura con una fachada de tres pisos y un patio porticado con columnas toscanas. Ahora es el bien agradable y lujoso restaurante sonde podéis probar rabo de toro, lechazo castellano, mollejas y natillas. Todo servido con los mejores caldos de la Ribera de Duero.
Alrededor podéis tapear y, también y cenar, en otros restaurantes que no le dejan a la zaga. Con decoración típica. Hay algo que me encanta y son los llamados “Morcones”, que son deliciosos bocados de un pan magnífico con lomo a la plancha, seta de cardo y pimiento verde, cocinado con aceite de oliva y un toque de ajo. Tiene un sabor espectacular. Luego podéis degustar los “huevos rotos” y, después un sinfín de gastronomía castellana de la mejor: croquetas, cayos, boquerones, mejillones, tortilla de patata, huevos de codorniz.
Toda la zona que hay detrás de la Plaza Mayor tiene un encanto especial. Me refiero a la plaza de Santa Ana y la de Coca. También el recorrido de la calle Santiago es muy agradable y, por el lado opuesto, la zona de Platerías tiene encanto. Ahí tenéis una tienda de delicatessen con cosas riquísimas: “Casa Brígida” y, un poco más abajo, otra chocolatería, que se llama “El Sueño de Neblí”. Alrededor de la Plaza Mayor hay cafeterías con terrazas donde podéis degustar batidos y otras delicias y es también agradable.
"En el salón de té, para que Victoria se sentase, Vicente retiró caballerosamente la silla de estilo inglés. Luego, se sentó él y llamó a una camarera. Se oía el trasiego de cubiertos chocando contra las bandejas de rejilla, y el matinal y cerámico golpeteo de tazas contra platos.
El Museo del Dulce se exhibía frente a Vicente. Todas las obras de arte que Enrique Cubero había hecho a lo largo de su carrera artesanal y artística. Réplicas exactas en azúcar del Ayuntamiento de Valladolid, la Estación del Norte, el Palacio de Fabio Nelli, la Academia de Caballería, el Colegio de San Gregorio, la fachada de La Universidad de Valladolid y otras catedrales, conventos y palacios episcopales, más una colección de palomares castellanos. Era lo que el ser humano, en su grandeza, era capaz de hacer. Diminutos arbotantes y frontones; ojivas apuntadas con ventanas pequeñitas de majestuosas catedrales; minuciosos pináculos y acanaladas columnas clásicas; escudos, árboles y bancos de trece láminas; arquerías y rosetones; tejas y faroles. Se podía dudar sobre si fueron los que, cinco siglos antes levantaron, de una forma visionaria, lo que el señor Cubero iría a construir en dulces maquetas cinco siglos después. Luego, sobre las mesitas de mármol donde Victoria y Vicente se habían sentado, habían empotrado en las paredes vitrinas con cientos de condecoraciones que homenajeaban los años de meticulosa creatividad: galardones de los artesanos de pastelería de la federación de empresarios; medallas de oro; diplomas hechos en maderas nobles, bronce y terciopelo rojo; y otros que habían llegado de Tokio, de Nueva York, más el reconocimiento de asociaciones y artesanos franceses.
A las diez de la mañana, recién abierta, la cafetería mostraba sus expositores, suelos y mobiliario bruñido y limpio; las luces se reflejaban en los impolutos cristales, y los pasteles y la bollería se ordenaba y exhibía como si fuera de cera y se fueran a quedar allí para siempre: peces de acolchado hojaldre rellenos de nata; brillantes lazos de bizcocho; rebosantes tartaletas de crema con hermosas y escogidas nueces; pasteles de crujiente chocolate con almendras; petisús de café; buñuelos; y los dulces que la tierra daba: mantecados de Portillo; blasones; amarguillos; empiñonados; rosquillas de palo; yemas escarchadas y almendras de Villafrechós. Todo se presentaba en impecables envoltorios y bandejitas ordenadas con la precisión de un damero".