HABITACIÓN ROSALa habitación rosa abre su puerta en la zona de estar y está al lado de la puerta que abre al jardín. Su ventana abre al patio de luces. En la foto de la derecha se ve también la puerta que abre al baño integrado en la habitación rosa. Actualmente, hay una cama en lugar del baúl que aparece en la foto.
Tiene un armario con seis perchas de madera para colgar faldas, pantalones y abrigos (y que no se estropeen) con dos cajones para guardar pulóvers y camisetas.
En la foto de la derecha se ve una mesita con una lámpara y la televisión con canales nacionales, autonómicos y los internacionales y temáticos del satélite. El sillón que se ve está ocupado ahora por la tercera cama y el teléfono que se ve en la esquina izquierda de la mesita (que también estaba en las otras habitaciones y que se interconectaban entre ellas) ahora no está, pero lo retomaremos en breve ya que era útil para comunicarse desde el desván con la planta baja.
Tiene dos camas de 2,10x1,35cms con colchones de mezcla. Las almohadas son intercambiables y tiene otras dos almohadas añadidas y mullidas con cuadrantes bordados más ricamente que las otras. La tercera cama es de 90x1,90cm y su colchón es de muelles, nuevo y cómodo.
Y, como siempre, nosotros para vosotros, con todo nuestro buen hacer para que vuestra escapada sea una delicia que mantengáis en vuestras memorias.
Con mucho amor...
María José Celemín 
"EL DIOS DE LAS PRADERAS VERDES" - NOVELA - MARÍA JOSÉ CELEMÍN
"El abuelo se levantó del sillón de napa granate y manchas grises y salió al corral. Cruzó la cocina de la chimenea (alrededor de la que la familia entera, en los años treinta, se reunía, al calor de la lumbre y rezaba el rosario), luego otra cocina con muebles más modernos; atravesó un pequeño patio cubierto con uralita translúcida donde había un viejo pilón de piedra para lavar, con una rampa ondulada, en la que María estrellaba la ropa y la frotaba con un jabón de color marfil, que era de sosa. Daba a las camisas y a sus vestidos de cuerpo entero vuelta y vuelta; la golpeaba y, jadeando, la restregaba arriba y abajo, a lo largo de la ondulada roca".
El Dios de las Praderas Verdes (capítulo cuarto, primera parte)