DESVÁN
Al desván se accede por el patio de luces y tiene 90m2. Estas fotos están tomadas desde la mitad y se ven las cuatro camas al lado de las tres ventanitas, que abren a la calle Real (están encima justo de la habitación azul y de la naranja).
Las tres primeras fotos fueron tomadas desde lo que se ve en éstas. No he conseguido reflejar lo grande y espacioso que es y, de hecho, una vez aquí es el primer comentario que todos hacen. Que "no parece en las fotos tan grande como es en la realidad". La opinión general es que la casa es más bonita una vez que se ve en el sitio.
En estas dos fotos se ve parte de las librerías. Hay una pequeña biblioteca con libros de todo tipo: narrativa, poesía, ensayo e idiomas. Además, hay una pequeña colección de películas.
Las camas de la primera foto miden 90x1,90cms; una tiene colchón de látex y la otra de muelles y las almohadas son intercambiables. En la foto del medio se ve una perspectiva y en la tercera foto las camas que hay a la derecha (están tomadas desde la puerta de entrada al baño).
Estas camas miden 2,10x1,35cms y los colchones son de mezcla. Además, tienen una tercera almohada y los bordados de los almohadones son más sofisticados. Los cuadros que hay encima de la cama son de La Provenza.
La primera foto es igual que las primeras, pero tiene diferentes matices. Me gusta tomar muchas fotos porque se pueden apreciar diversos ambientes. La segunda también está repetida, pero se puede ver mejor la cubierta, que sube cinco metros. Y, por fin, la tercera foto es una más cercana a las descalzadoras. También los cuadros que hay encima de las ventanas son de La Provenza.
Para las amantes de la decoración: si os fijáis bien, los sillones que hay a los lados de la chimenea están tapizados con la misma tela que los sillones grandes del salón de la planta baja.
En la primera foto las camas grandes se ven de frente y a la derecha de la cama derecha está el baño (que podéis ver en la pestaña de "baños"). La foto del medio y la de la derecha se repiten. Quería mostrar la de la derecha porque, rodeando la estantería que se ve detrás del sillón de cuadros rojos y blancos, está la puerta del baño. Creo que, de este modo, tenéis una idea completa de la distribución.
La cocina del loft tiene microondas, vitrocerámica, horno, campana extractora y lavadora. Tiene dos juegos de tazas, una pequeña vajilla y cubiertos. No está tan equipada como la de abajo porque hemos llegado a la conclusión de que utilizáis normalmente la de la planta baja. Pero, cuando y esporádicamente, alquilamos el desván, os proveemos de lo necesario.
Tiene televisión y una pequeña barra americana para pasar los platos, además de una robusta y antigua mesa de nogal que se abre y tiene capacidad hasta para 16 comensales. Las Navidades pasadas la utilizaron para hacer la cena de Nochevieja y la comida de Año Nuevo y estuvo a cargo del restaurante "La Malvasía". Fue entrañable. Salió perfecto 
En el loft se crean ambientes íntimos para una cena elegante.
Lo he decorado pensando en vosotros...
María José Celemín... con mucho amor 
"EL DIOS DE LAS PRADERAS VERDES" - NOVELA - MARÍA JOSÉ CELEMÍN
"De madera crujiente y vieja. Así era el suelo del desván. De paredes de adobe y barro. De trozos de paja y aristas de viejos ladrillos. De telas de araña y sombríos rincones.
Habían levantado cuatro palos hasta el techo; colosales maderos que sometían un enramado bajo las tejas de la cubierta. La abuela había unido los palos con cuerdas de esparto para colgar las uvas; también colocaba en el suelo las manzanas de la finca; riestras de ajos; manojos de cebollas; nueces; avellanas y pipas de girasol; semillas de judías verdes... para... no desaprovechar nada. Porque todo lo que el huerto daba era una bendición del cielo y Había que Estar Agradecidos por Todas Aquellas Bondades que nos eran Dadas.
Y, después, en las paredes, arrinconado o colgado, uno se podía encontrar lo más inesperado: artesas de madera para amasar el pan; medidas de cereal; cribas de redondas y agujereadas planchas metálicas; horcas con horquillas de madera hechas de una pieza (aprovechando las ramificaciones del árbol); un yugo descolorido y apolillado; fuelles para alentar las últimas brasas; azadas descoyuntadas; un carretillo con la rueda desinflada o un arado romano completamente oxidado; y cuerdas, muchas cuerdas amontonadas y roñosos trozos de hierro, que parecían juntas de tubos para regar; cuévanos de mimbre para recoger la uva en época de vendimia; una rueda de una bicicleta o un inflador roto y blanco cubierto de polvo; y más cestas de mimbre viejas con una asa rota arreglada con un cordel negro y varios nudos; herrumbrosos clavos gordos y largos, hincados en el adobe para sostener aperos de peso. Y, todo aquello hacía una pequeña montaña y lo habían colocado en la pared contraria a la de la calle -la pared que tiene tres ventanitas abuhardilladas por las que entra Aladino y sale La Bella Durmiente-; y lo habían amontonado en una esquina provista de un escenario.
Y, debajo de la montaña, uno podía imaginar más cosas; un despertador estropeado, o una bomba de riego, o una revista piadosa. Todo lo que no habían querido tirar “Por Si Algún Día Hacía Falta”. Era la historia de lo cotidiano resumida en aquella montaña. Su pasado, esculpido allí. Quizá, lo que podía traer recuerdos olvidados; aquellos que se acumulan en la memoria y se borran temporalmente para ser rescatados en algún momento. Y, allí, al fondo, donde la vertiente del tejado bajaba hasta juntarse con la pared de las tres ventanitas de La Bella Durmiente, y pegado a la pared, posaba una destartalada y plomiza cómoda donde los papeles de la carrera de Sebastián dormían atesorados. Era una cómoda grande y de madera, y costaba trabajo sacar aquellos voluminosos cajones. Allí dentro había papeles amarillos, libros de aritmética y geografía, con las pastas de tela gris y las letras grabadas con tinta negra; cuadernos con cálculos matemáticos y fórmulas químicas. Eran libros que Victoria cogía con la conciencia de lo sagrado. Aquella era la historia de su papá. De su papaíto. Aquella letra pequeña e inclinada hacia la derecha que reconocía. Eran los papeles y los libros que su Papá del Alma había tocado; cogido; llevado bajo el brazo. Probablemente los que llevara cuando le contó a Victoria que los grises entraron en la escuela de ingeniería dando palos y que todos salieron despavoridos; y que él se llevó un porrazo y su amigo Antonio otro, y que le partieron las gafas y no veía nada. Que dijo que no había pasado más miedo en su vida porque allí empezaron a diestro y siniestro y, sin saber por qué, a repartir leña a mansalva.
Que aquel día le hicieron PASAR MIEDO...
...MUCHO MIEDO..."
El Dios de las Praderas Verdes (capítulo cuarto, primera parte)